La gente cree que esta vocación de Dios terreno que nos hace a los poetas seres especiales es una bendición. Uno la toma, con todo el poder que implica, pero no es el mejor de los gustos a la hora de mirar las estrellas. Quizá un humano cualquiera pueda pasar desapercibido algo tan tonto como la voz de las estrellas o el crujido de los peces cuando abren y cierran sus branquias —es como el desgarre de la madrugada, cuando el sol calcinante, con sus llamas escandalosas se abre paso en nuestra atmosfera.
La gente cree que esta capacidad endemoniada a escribir versos y padecer las palabras en su relación con el cuerpo, es un poder infinito y casi omnipotente, pero no es así. Todos los Dioses tenemos limitaciones, somos castigados por unas fablas enredadas, casi policías divinos, que nos alertan de los peligros de la incomprensión y la locura. Aquellos que se someten a la locura, los que atraviesan los límites de la compresión, terminan recluidos en un parnaso para dementes junto a otros de su talla. Es un lugar mítico, donde supuestamente están confinados a la eternidad algunos dementes poetas de la luna, como el malhablado Conde Laotremont, el enrevesado Perec, el disociado Salustio González Rincón, junto a muchos otros.
Quizá un buen día me descontrole y termine escribiendo poemas incompresibles, de esos que se recargan en nuestra alma; comenzando una aventura tipo cowboy contra estas fablas carceleras y ande por la galaxia huyendo de su largo brazo.
Existe una vieja leyenda, de un poeta que inventó una lengua para sus poemas, y las fablas jamás pudieron encontrarlo, porque no entendían su idioma, porque no sabían de sus huellas, apenas su nombre que se dibujaba en la portada, pero se prestaba a incongruencias, ya que todo el libro estaba escrito en una lengua impronunciable por su pobreza.
Aun así, la gente cree que ser Dios terrenal es una cosa del otro mundo, y no, es una cosa de este, el mundo donde los días son exactos, donde las noches no caen encima, donde beber trae resaca y dormir debilidad. Ser poeta es ser Dios de este mundo que se cae. De este mundo donde nadie respeta, porque yo, que soy un Dios sufro los vejámenes de los seres más estúpidos del planeta. Ahora que soy un Dios, hasta las cucarachas se ríen de mí, pero deben temer a mi poder, ya un día de estos, llegaré a ser incompresible y no sabrán cuando los aniquile.
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