sábado, 29 de enero de 2011

31 de febrero

El día de hoy, 31 de febrero para más señas, algo increíble me ha sucedido. Si he decidido dejarlo por escrito es porque considero necesario dejar constancia de este sorprendente hecho. Pero antes de dar la noticia del hecho en sí mismo, debo exponer a mis futuros lectores el caso con detalles y antecedentes.

Anoche me encontraba en mi humilde hogar leyendo apaciblemente, uno de mis pasatiempos preferidos, cuando tocaron a la puerta. Como vivo solo, naturalmente tuve que interrumpir la lectura para atender al llamado. Dejé el libro en la mesa y caminé hasta la entrada. Cuando me dispuse a girar la manilla, noté algo extraño, unos pasos se alejaban apresuradamente. Abrí sin más preámbulos. Para mi sorpresa no había nadie allí, solo un paquete rectangular en el piso. Agarré el paquete, torpemente envuelto, miré el camino, pero nada alcancé a ver. Ansioso por saber de que se trataba, sospechando una broma (no se me ocurría de quien, pues los amigos los puedo contar con los dedos de una mano mocha), me apresuré a abrir el envoltorio que contenía un libro. Si, un libro. ¿Qué clase de broma es esta?, me dije. O sería alguna tímida manera de dar un regalo, pero nuevamente ¿de quién? El libro era una antología de cuentos del escritor ruso Nicolai Gógol. Decidido a investigar de qué se trataba esto me dispuse a leer. Varios cuentos me admiraron, pero uno esencialmente me pareció formidable: “La nariz”. Un hombre un día amanece sin nariz y luego la ve paseando vestida de funcionario por la ciudad. Formidable, como ya dije.

Todo estaba tranquilo, no más interrupciones a mi puerta; una buena noche de sueño necesitaba después de tanta lectura. Todo estaba dispuesto y me fui a la cama. Esta mañana al despertarme todo parecía normal, me levanté, ordené la cama, fui al baño, y entonces, al mirarme frente al espejo, sucedió… ¡Amanecí sin nariz! ¿Qué ha pasado mientras dormía? ¿O es que aún no despierto?, estas y otras decenas de preguntas cruzaron por mi mente en segundos.

Entonces recordé “La nariz” de Gógol y la manera misteriosa como había llegado a mi. Fue en mis cavilaciones cuando lo supe, todo concordaba, el libro misterioso, la nariz como primer cuento del libro, ¡Todo! Es parte de un atentado contra mi persona, me dejan el libro intencionalmente como advertencia, quieren que lea la historia del hombre sin nariz para que me identifique hoy, igualmente sin nariz, es un complot. Pero ¿quién es el autor intelectual de semejante delito? Y más importante aún ¿cómo desaparece una nariz sin que su dueño sienta ni cosquillas?

A la vuelta de la esquina reposaba la nariz bajo la sombra de un árbol. Emancipada finalmente de la tiranía de su amo, hacía planes para su futuro. La noche anterior cuando leyó a Gógol, supo que el destino de las narices estaba en la independencia, también ella quería llegar a ocupar un cargo tan importante como el de funcionario público.

Maylí Quintero

martes, 18 de enero de 2011

Texto poético

Inalcanzable horizonte del mar,
Inalcanzable nube del cielo,
símbolo trenzado del infinito.
Utopía de finitud.

Texto Fantástico

Esta es la historia de una trenza que nunca había aprendido a trenzarse. ¡Qué humillación! Si no sabía trenzarse ¿qué razón de ser tenía su vida? Una noche a orilla del mar, las nubes como testigo presenciaron la única vez que nuestra amiga trenza logró su cometido. También fueron testigos de cómo una pequeña trenza murió ahorcada.

Texto realista

En el mar la vida es más sabrosa. Por lo menos eso es lo que Andrés había oído decir toda la vida. Por eso, a sus treinta y ocho años de edad, le avergonzaba no conocerlo aún. Había soñado con el viaje por años, pero nunca lo había podido realizar, o tal vez nunca se había atrevido. Su pasatiempo favorito era acostarse en su terraza contemplando al cielo en los días nublados, y cuando las nubes finalmente soltaban su carga, terminaba empapado imaginando que era el agua del mar la que lo bañaba. Ese era el mayor goce de su vida. El resto del tiempo se le iba en un trabajo rutinario, aunque bien pagado. Cuando no estaba nublado o no estaba trabajando lo único que lo complacía era cocinar. Probaba nuevos platos cada día, los únicos canales de la televisión que veía eran los de cocina gourmet, lo que limitaba la variedad, pero lo demás no le interesaba, de hecho le parecía una porquería. Si no fuera por su pasión por la cocina, el televisor fuera totalmente inservible en su apartamento. El orden que reinaba en el lugar era increíble, todo pulcro y ordenado, nada fuera de lugar. El simple hecho de una trenza de su zapato desatada lo desestabilizaba, lo desconcentraba hasta el punto de haber hecho imposible su interrelación con el resto de los mortales tan sucios y desaliñados.