jueves, 24 de febrero de 2011

Ahora que soy un Dios, hasta las cucarachas se ríen de mí

La gente cree que esta vocación de Dios terreno que nos hace a los poetas seres especiales es una bendición. Uno la toma, con todo el poder que implica, pero no es el mejor de los gustos a la hora de mirar las estrellas. Quizá un humano cualquiera pueda pasar desapercibido algo tan tonto como la voz de las estrellas o el crujido de los peces cuando abren y cierran sus branquias —es como el desgarre de la madrugada, cuando el sol calcinante, con sus llamas escandalosas se abre paso en nuestra atmosfera.
La gente cree que esta capacidad endemoniada a escribir versos y padecer las palabras en su relación con el cuerpo, es un poder infinito y casi omnipotente, pero no es así. Todos los Dioses tenemos limitaciones, somos castigados por unas fablas enredadas, casi policías divinos, que nos alertan de los peligros de la incomprensión y la locura. Aquellos que se someten a la locura, los que atraviesan los límites de la compresión, terminan recluidos en un parnaso para dementes junto a otros de su talla. Es un lugar mítico, donde supuestamente están confinados a la eternidad algunos dementes poetas de la luna, como el malhablado Conde Laotremont, el enrevesado Perec, el disociado Salustio González Rincón, junto a muchos otros.
Quizá un buen día me descontrole y termine escribiendo poemas incompresibles, de esos que se recargan en nuestra alma; comenzando una aventura tipo cowboy contra estas fablas carceleras y ande por la galaxia huyendo de su largo brazo.
Existe una vieja leyenda, de un poeta que inventó una lengua para sus poemas, y las fablas jamás pudieron encontrarlo, porque no entendían su idioma, porque no sabían de sus huellas, apenas su nombre que se dibujaba en la portada, pero se prestaba a incongruencias, ya que todo el libro estaba escrito en una lengua impronunciable por su pobreza.
Aun así, la gente cree que ser Dios terrenal es una cosa del otro mundo, y no, es una cosa de este, el mundo donde los días son exactos, donde las noches no caen encima, donde beber trae resaca y dormir debilidad. Ser poeta es ser Dios de este mundo que se cae. De este mundo donde nadie respeta, porque yo, que soy un Dios sufro los vejámenes de los seres más estúpidos del planeta. Ahora que soy un Dios, hasta las cucarachas se ríen de mí, pero deben temer a mi poder, ya un día de estos, llegaré a ser incompresible y no sabrán cuando los aniquile.

sábado, 29 de enero de 2011

31 de febrero

El día de hoy, 31 de febrero para más señas, algo increíble me ha sucedido. Si he decidido dejarlo por escrito es porque considero necesario dejar constancia de este sorprendente hecho. Pero antes de dar la noticia del hecho en sí mismo, debo exponer a mis futuros lectores el caso con detalles y antecedentes.

Anoche me encontraba en mi humilde hogar leyendo apaciblemente, uno de mis pasatiempos preferidos, cuando tocaron a la puerta. Como vivo solo, naturalmente tuve que interrumpir la lectura para atender al llamado. Dejé el libro en la mesa y caminé hasta la entrada. Cuando me dispuse a girar la manilla, noté algo extraño, unos pasos se alejaban apresuradamente. Abrí sin más preámbulos. Para mi sorpresa no había nadie allí, solo un paquete rectangular en el piso. Agarré el paquete, torpemente envuelto, miré el camino, pero nada alcancé a ver. Ansioso por saber de que se trataba, sospechando una broma (no se me ocurría de quien, pues los amigos los puedo contar con los dedos de una mano mocha), me apresuré a abrir el envoltorio que contenía un libro. Si, un libro. ¿Qué clase de broma es esta?, me dije. O sería alguna tímida manera de dar un regalo, pero nuevamente ¿de quién? El libro era una antología de cuentos del escritor ruso Nicolai Gógol. Decidido a investigar de qué se trataba esto me dispuse a leer. Varios cuentos me admiraron, pero uno esencialmente me pareció formidable: “La nariz”. Un hombre un día amanece sin nariz y luego la ve paseando vestida de funcionario por la ciudad. Formidable, como ya dije.

Todo estaba tranquilo, no más interrupciones a mi puerta; una buena noche de sueño necesitaba después de tanta lectura. Todo estaba dispuesto y me fui a la cama. Esta mañana al despertarme todo parecía normal, me levanté, ordené la cama, fui al baño, y entonces, al mirarme frente al espejo, sucedió… ¡Amanecí sin nariz! ¿Qué ha pasado mientras dormía? ¿O es que aún no despierto?, estas y otras decenas de preguntas cruzaron por mi mente en segundos.

Entonces recordé “La nariz” de Gógol y la manera misteriosa como había llegado a mi. Fue en mis cavilaciones cuando lo supe, todo concordaba, el libro misterioso, la nariz como primer cuento del libro, ¡Todo! Es parte de un atentado contra mi persona, me dejan el libro intencionalmente como advertencia, quieren que lea la historia del hombre sin nariz para que me identifique hoy, igualmente sin nariz, es un complot. Pero ¿quién es el autor intelectual de semejante delito? Y más importante aún ¿cómo desaparece una nariz sin que su dueño sienta ni cosquillas?

A la vuelta de la esquina reposaba la nariz bajo la sombra de un árbol. Emancipada finalmente de la tiranía de su amo, hacía planes para su futuro. La noche anterior cuando leyó a Gógol, supo que el destino de las narices estaba en la independencia, también ella quería llegar a ocupar un cargo tan importante como el de funcionario público.

Maylí Quintero

martes, 18 de enero de 2011

Texto poético

Inalcanzable horizonte del mar,
Inalcanzable nube del cielo,
símbolo trenzado del infinito.
Utopía de finitud.

Texto Fantástico

Esta es la historia de una trenza que nunca había aprendido a trenzarse. ¡Qué humillación! Si no sabía trenzarse ¿qué razón de ser tenía su vida? Una noche a orilla del mar, las nubes como testigo presenciaron la única vez que nuestra amiga trenza logró su cometido. También fueron testigos de cómo una pequeña trenza murió ahorcada.

Texto realista

En el mar la vida es más sabrosa. Por lo menos eso es lo que Andrés había oído decir toda la vida. Por eso, a sus treinta y ocho años de edad, le avergonzaba no conocerlo aún. Había soñado con el viaje por años, pero nunca lo había podido realizar, o tal vez nunca se había atrevido. Su pasatiempo favorito era acostarse en su terraza contemplando al cielo en los días nublados, y cuando las nubes finalmente soltaban su carga, terminaba empapado imaginando que era el agua del mar la que lo bañaba. Ese era el mayor goce de su vida. El resto del tiempo se le iba en un trabajo rutinario, aunque bien pagado. Cuando no estaba nublado o no estaba trabajando lo único que lo complacía era cocinar. Probaba nuevos platos cada día, los únicos canales de la televisión que veía eran los de cocina gourmet, lo que limitaba la variedad, pero lo demás no le interesaba, de hecho le parecía una porquería. Si no fuera por su pasión por la cocina, el televisor fuera totalmente inservible en su apartamento. El orden que reinaba en el lugar era increíble, todo pulcro y ordenado, nada fuera de lugar. El simple hecho de una trenza de su zapato desatada lo desestabilizaba, lo desconcentraba hasta el punto de haber hecho imposible su interrelación con el resto de los mortales tan sucios y desaliñados.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Bienvenidos compañeros

Abro este blog a petición del profesor Carlos Ildemar Pérez para llevar los textos del curso Taller de Expresió Literaria I

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